
“La inclusión está muy bien hasta que el alumno deja de estar a gusto.”
Esa fue la frase que una maestra (sustituta) me dijo hace unos años.
Mi hijo llevaba ocho años en el centro. Ocho años compartiendo con sus compañeros, aprendiendo, creciendo. ¿De verdad seguimos hablando de “inclusión” cuando ya es parte de la escuela desde hace tanto tiempo? ¿Decimos esto a cualquier otro alumno?
Si hablamos de inclusión, es porque históricamente se ha excluido a ciertos perfiles de estudiantes. Con mis otros hijos, nunca nadie mencionó la inclusión. Jamás se les consideró como “una excepción”, sino como parte del grupo desde el primer día.
Y claro, todos los alumnos deben sentirse a gusto. Pero si un estudiante sufre en la escuela, es la escuela la que debe cambiar, no el estudiante. Sentirse bien no depende de una condición personal, sino de la relación con su entorno.
Por eso, esa frase, esa idea de que la inclusión es buena “pero hasta cierto punto”, es profundamente errada. Refleja un capacitismo que sigue arraigado en nuestras escuelas y que, con el mayor convencimiento, se da, por cierto.
Afortunadamente, también existen docentes que reman contracorriente, que entienden que sus alumnos no tienen que ganarse un lugar, porque ya les pertenece. Porque ser parte no es un favor, sino un derecho