Cuando Héctor tenía 3 años y comenzó su etapa escolar, elegimos para él el centro que nos correspondía por zona, el mismo en el que ya estudiaba su hermano mayor y al que posteriormente iría el pequeño. No sabíamos entonces que viviríamos una de las experiencias más reveladoras sobre lo que significa convivir con la diversidad cuando esta se convierte en un valor prioritario.

Sé que no es la primera vez que hablo de esto, pero hace unos meses, al inicio del curso, algo me hizo ver con claridad todo lo que habíamos construido. Después de dos años sin verse, su grupo de clase se reunió de nuevo y, en ese encuentro, entendí que sí es posible otra escuela, otro modelo, otra sociedad, si realmente creemos en ello y luchamos por hacerlo realidad.

Desde que los niños tenían 3 años, las familias tomamos una de las mejores decisiones: organizar cumpleaños accesibles para todos, más allá de lo económico o de las diferencias individuales. Se trataba de fortalecer los lazos que se habían creado en la escuela con encuentros en espacios naturales, fincas, centros culturales, incluso en los clásicos parques de bolas, bolera o cine. Y lo hicimos siempre con un objetivo claro: que todos los niños y niñas participasen, sin excepción.

Para mí, como madre, cada evento suponía un esfuerzo extra. Aunque casi siempre había monitores u otros adultos, yo decidía quedarme durante toda la celebración, por si algo se torcía… y muchas veces se torcía. El momento de los regalos, a modo de ejemplo, era especialmente complicado. Héctor quería abrirlos todos, no por la emoción habitual de un niño al recibir un obsequio, sino con una fijación difícil de manejar. A veces nos íbamos antes de que llegara ese instante, otras veces los propios cumpleañeros le dejaban abrir los regalos sin problema, y otras muchas, de algún modo, incluso antes de ese instante la situación se volvía insostenible, fruto de las esperas, los turnos, los estímulos, la falta de anticipación…

Hubo momentos en los que me sentí superada. Muchas veces, al volver a casa, me iba llorando en el coche porque las cosas no habían salido como esperaba. Me planteaba renunciar, dejar de asistir a estos encuentros. Pero entonces pensaba en todo lo que habíamos aprendido juntos, en cómo esas familias nos apoyaban, en cómo los compañeros de Héctor cultivaban la paciencia y la empatía, dándonos a los adultos una lección de vida. Y me repetía: "La próxima será mejor. Piensa en ellos, en tu hijo".

De ese convencimiento constante aprendí a no rendirme, a priorizar lo realmente importante. Y lo más bonito fue descubrir que, al final, no era solo yo quien aprendía. Muchas de esas familias, especialmente las madres, me confesaron que, gracias a nuestra convivencia, habían adquirido herramientas para afrontar situaciones difíciles con una nueva mirada, encontrando siempre un aprendizaje detrás de cada reto.

Y ahora vuelvo a ese encuentro de principio de curso. Organizamos una comida que, por el clima, tuvimos que cambiar de ubicación, pero no queríamos cancelarla porque la esperábamos con ganas. Y ocurrió algo inesperado: por primera vez, su padre y yo conseguimos disfrutar del encuentro como cualquier otra familia. Pudimos sentarnos a comer, conversar y relajarnos sin estar en una vigilancia constante. ¿La razón? Sus antiguos compañeros fueron el apoyo que él necesitaba. Sabían lo que le gustaba, conocían “sus fugas”, comprendían sus dificultades para medir el peligro… y, sin necesidad de ningún adulto, manejaron cada situación con naturalidad. Lo mejor de todo: disfrutaron juntos, incluso en los juegos del parque infantil que Héctor sigue adorando.

No puedo describir la emoción de ese momento. Tal vez por eso me ha tomado meses ponerle palabras. Pero siento la necesidad de compartirlo, porque lo que vivimos aquel día podría parecer un milagro… cuando en realidad debería ser lo habitual.

Esos niños de 3 años ya no son los mismos. Ahora tienen 14. Desde hace ya tiempo no celebramos los cumpleaños juntos, cada quien tiene su grupo de amigos y sus propias relaciones. Pero lo que aprendieron en su infancia quedó grabado en ellos y se refleja en momentos como este. Tampoco nos faltan nunca voluntari@s a compartir las iniciativas que proponemos, como una quedada de tarde en el cine o una sesión de lego en casa, aunque sea muy de vez en cuando.